sábado, 2 de marzo de 2013

APALANCADOS

¡Changos!

 

 

Acabo de firmar con sangre un pacto en el que me comprometo, so pena de sufrir el escarnio público, a escribir una entrada para el blog de, por lo menos, quinientas palabras. No quinientas letras. ¡Palabras! ¡O sea! ¡Muchísimos tuits de una sola vez!

Porque tengo que admitirlo: Soy Héctor y soy tuitero. (Aquí es donde ustedes dicen: “hola, Héctor”). La tan criticada inmediatez de las redes sociales me ha envuelto en sus garras con una fuerza avasalladora. Tengo que decir en mi descargo que allá me lee más gente que aquí, méndigos, y que el trabajo no me deja ni a sol ni a Tecate sombra.

Además, por allá también hay personas interesantes, al igual que acá. Es más, muchas personas con las que interacciono allá, las conozco por sus blogs. (El interacciono lo pongo porque dice la RAE que “interactúo” no existe, y si no existe, pues no la puedo poner, que no soy Shakespeare para andar inventando palabras. Aunque “interactúo” la usa mucha gente, no es que yo la haya inventado. Pero divago, y hay que divagar con disimulo, para que la gente crea que está leyendo cosas importantes y serias. No como la tía Lupe, que parece chapulín, saltando de un tema a otro y luego no se acuerda de qué estaba hablando al principio.)

Les decía, pues que este invento de las redes sociales me alejó del blog más de lo que imaginé. Al grado que por un tiempo estuve tentado a cerrar la cortina de este su blog (es una fórmula de cortesía, no me vaya a pedir los papeles) y dedicarme a la prostitución otra cosa.

Antes de las redes y después de las redes (AR y DR) son dos épocas muy diferentes entre sí.

No voy a mencionar más que de pasada al ICQ, al messenger y a las salas de chat, porque forman parte de otra realidad. En ese entonces, la onda era platicar con la gente sin usar el teléfono y, para encontrar algo interesante, había que buscar en foros. Algo así como el Facebook, en el que alguien pone una foto y los demás comentan, pero más limitado.

Cuando el internet llegó a nuestros hogares, la oferta de sitios que visitar era limitada, y las páginas personales muy pocas. Eso sí, todas llenas de colores fosforitos e imágenes de 120 x 120 que tardaban horas en cargar. Eso, claro, si nuestra madre no tenía la ocurrencia de descolgar el teléfono.

Años más tarde, con una conexión más decente, con páginas más variadas, con la llegada de Google a comprar todo lo comprable, con el andar titubeante de Yahoo! y con nuevos lenguajes de programación de páginas web, se vino el auge de los blogs personales, algo que muchos aprovechamos para ofertar al mundo nuestra intelectualidad, sea ésta poca o mucha.

De todos esos blogs, muchos han desaparecido completamente de la red, otros (como éste) yacen en el abandono, llenos de telarañas y polvo. Algunos más se convirtieron en sitios con dominio propio. Eso sí, la mayoría de ellos dejaron en sus lectores el gusanito de publicar cosas interesantes, de decirle a los demás lo que tienen en la mente, de seguir fortaleciendo los lazos que nos unen con lectores de cualquier parte del mundo. Lectores que van creando una comunidad: la comunidad de los blogueros.

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Observarán que el título de esta entrada es “APALANCADO”, y esto es porque, cashi shin querer, es el acróstico que se forma con la primer letra de cada párrafo. Noches.

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