martes, 5 de marzo de 2013

Viajando con RAMA

 

libros

Entre las cosas que no puedo dejar con facilidad, están las drogas los cigarros, la Coca-Cola y los libros.

Mi primer Coca-Cola, a los 8 años (no, no me voy a extender hablando de las costumbres extrañas de mi padre). Enfriada con hielo, porque en ese tiempo los refrigeradores eran para la leche, el queso, la carne y el jamón. Por lo menos en la tienda de mis tíos.

Mi primer cigarro, a los 15. Completo. Comprado por mi. Los que le volé a mi padre –Raleigh o Del Prado, no recuerdo- no valen. Porque los encendía, les soplaba –inocente que es uno, pues- y los tiraba a la basura. Apagados, claro. No vayan a creer…

Mi primer libro, a los 6. Completo. No de dibujitos, no para colorear. Corazón, de Edmundo De Amicis. En pasta dura. El segundo, El Principito. El tercero, las Fábulas de Samaniego.

De ahí siguieron más lecturas ligeras: Quo Vadis, de Sienkiewicz. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha, ilustrado por Doré. Las Mil y Una Noches, la versión de Antoniorrobles. Héctor, de Jorge Gram (sí, de ahí mi nombre). El mártir del Gólgota, los últimos días de Pompeya…

Como notarán, puro libro “sensillito” y apto para mi introducción a la lectura. Pero era –es- lo que había –hay- en la biblioteca de mi apá.

Eso me sirvió bastante, porque me acostumbré a leer libros grandes, adquirí un gran vocabulario y aprendí a formar en mi mente a personajes y paisajes de cualquier época, zona geográfica y costumbres.

durante un tiempo trabajé en la sección de libros de una tienda grande, cuyo nombre no voy a decir, pero que… bueno, ahí.

Con el tiempo fui creando mi propio acervo, que incluyó a Stephen King, a Bradbury, Effinger, Clarke y otros, pasando por Umberto Eco, Julio Verne, Stanley Gardner, Horacio Quiroga… Y apenas hace unos pocos meses a Lovecraft. Y no por otra cosa sino porque no lo quería leer como moda juvenil. Incluso, he leído a Jaime Rubio de una vez…

Hay, sin embargo, autores a los que no he leído –han de disculpar, señores Tolkien, J. J. Benítez, Ibargüengoitia…, pero es que no encuentro el momento adecuado.

Porque para leer un libro se necesitan varias cosas: el libro en cuestión, saber leer, un lugar más o menos cómodo, y un momento adecuado para cada libro. No pude, por ejemplo, leer a Nabokov mientras viajaba en autobús, aunque leí Lolita en dos noches tirado en la cama. Pero puedo leer con toda tranquilidad a Perry Mason Stanley Gardner.

En estos días me he dedicado a RAMA, la saga de Arthur C. Clarke y Gentry Lee que habla de la visita de unas naves cilíndricas al Sistema Solar, las aventuras de los astronautas que las visitaron, los que se quedaron en ellas y… no les digo más porque apenas vamos regresando de El Nodo.

Como toda saga, prefiero esperar a que estén publicados todos los libros para leerlos uno tras otro. Esto lo aprendí con Harry Potter, que tuve que leer una segunda vez, para tener en la mente a personajes, situaciones y demás, sin perder el hilo.

Gracias a la tecnología, traigo en mi tablet una cantidad de libros que, si los trajera en papel, pesarían bastante: 32. Cuando termine con RAMA me voy a seguir con La Torre Oscura de S. King, Hermann Hesse –por segunda vez-, y voy a terminar a Effinger, porque quiero volver a encontrarme con Dulce Pilar.

Creo haber leído muchos libros, tanto buenos como malos, y espero poder seguir haciéndolo. Tengo mi personal opinión acerca de muchos autores “de culto” que no coincide con la mayoría, y no me da pena. No voy a dar nombres, tampoco crean que me les voy a poner de pechito para que me satanicen. Pero sí diré que hay muchos que no valen lo que cuestan.

Así que, si no pasa nada extraño, seguiré leyendo hasta que sea delito.

Salud, compañeros.

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